Esta semana he estado hablando mucho con una buena amiga, y a raíz de esas conversaciones me he dado cuenta de que las relaciones que tenemos con nuestras familias son muy diferentes y que no todo el mundo tiene la suerte de conservar a todos sus progenitores entre los vivos.
Y resulta curioso que en un año largo de diario nunca (o en contadas ocasiones) he hablado de mi familia. Así que (obviando a miembros de ella que sé no quiere aparecer mencionados) voy a intentar analizar (para mí mismo, en voz baja, como si no hubiese nadie más por aquí) mis relaciones parentales. Y el primero, mi padre.
Nunca me he llevado bien con mi padre: chocamos demasiado a menudo.
Entendedme, lo quiero un montón, pero su cabezonería me puede. Supongo que en realidad somos tan parecidos en eso que es inevitable chocar.
Él es extremeño de nacimiento, de familia humilde, aunque como supongo que pasa en muchas familias, tuvo que emigrar de jovencito a otro sitio. Aprovechó que tenía a su hermana mayor aquí, para venirse a Catalunya después del largo servicio militar. Es de otra época, en la que todo era mucho más duro que ahora... y que hace 10, 20 y hasta 30 años.
Siempre ha sido un hombre peleón. Tiene sus convicciones y lucha por ellas, quizá incluso hasta extremos que llegan a ser cargantes. Me hace mucha gracia ver fotos de él de joven, con esas patillas roqueras, esos pantalones ajustados y esas gafas negras y que después durante toda mi adolescencia me haya "atado" para que no desbarrase demasiado por ahí. Aunque supongo que es algo que todos los padres hacen (él tiene una frase que me ha marcado mucho: haz lo que te diga y no lo que yo hago).
Quizá por eso, por no querer que mis hermanos y yo pasásemos por penurias, me ha controlado hasta extremos insospechados. Porque yo soy el mayor y yo debía dar ejemplo.
De pequeñito dicen que era algo escandaloso, pero mis recuerdos entre los 6 y los 10 años son prácticamente nulos (misterios de la vida, recuerdo más cosas con menos edad), así que no puedo desmentirlo. Algo que sí recuerdo, más como una sensación que como algo concreto, es el miedo a hacer ruido dentro de casa. Él es panadero y si algo tiene de malo la profesión es que se hacen muchas horas y todas de noche. Tiene muy mal sueño y por lo tanto siempre teníamos que estar en silencio durante el día. Mi vida hasta la pubertad ha pasado en la cocina, donde después de cerrar varias puertas podíamos jugar mi hermano mediano y yo hasta volver a ir al colegio (sin armar mucho ruido). Supongo que gracias a eso me ha gustado siempre cocinar.
Es un hombre muy de "izquierdas", o eso cree él. Es un tema en el que siemper hemos chocado frontalmente. A mí no hay cosa que me dé más rabia que presupongan que soy de alguna tendencia política concreta. Mi padre siempre va lanzando puyas sobre eso y muchas veces hemos acabado gritándonos sandeces. Es lo que me hace gracia de él, que se las da de izquierdoso pero tiene cosas que ni los del PP.
Por lo que siempre estaré agredecido a mi padre es por hacer que arraigase en mí ese amor por la lectura. En casa siempre había montones de libros (malos, mediocres y muy malos, pero bueno... eran otros tiempos); durante unos años estuvo suscrito a Círculo de Lectores así cada mes y poco caía algo nuevo.
Recuerdo que con 12 años le dije a mi padre que quería leer un libro de Julio Verne que había visto en el quiosco, que era el primero de una colección y que te regalaban el segundo. Y accedió a comprarmelos; los devoraba, de manera rápida y hambrienta... tanto que antes de pasar 2 días estaba acabado y pasaba 5 días nervioso hasta que salía el siguiente.
Lástima que se cansó de comprármelos; aún no he entendido el porqué, supongo que algo haría, porque en esa época no íbamos tan mal de dinero como para no gastar 225 pesetas de las de entonces a la semana. Es algo que aunque le he perdonado, no lo olvidaré y será una espinita clavada.
Otro día más.
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