Ya está aquí el otoño. La mejor época del año, por lo menos para mí.
Se acabaron los agobios de la canícula anual, hay que ir más abrigadito, comienza a llover aunque sea un poquito, se caen las hojas de los árboles (y los pelos de la cabeza también, pero eso es otro tema), dejando un manto ocre por toda la ciudad...
Recuerdo cuando iba al colegio, con mi mochila a las espaldas (aún nadie había dicho que llevar mucho peso era malo para chiquillos de 10 años ni se habían inventado las mochilas esas con ruedas). Como estaba a menos de 2 minutos andando nunca cogía paraguas aún lloviendo (bueno, siempre tenía a mi madre que me lo metía en la mochila a la primera nube un poco más negra de lo normal) y me encantaba que cayeran esas gotas frías, mojando un poco sin llegar a empapar. Una sensación extraña que se agarraba al estómago, algo difícil de describir. Y esa otra sensación cuando regresabas a casa, metías la llave en la cerradura, la girabas y... no sé como describirlo... ¿bienestar? ¿añoranza?
Ahora es algo diferente pero me sigue apeteciendo salir a la calle cuando llueve, sin paraguas... aunque últimamente me molesta que mi (poco) pelo se moje, ahí, en la coronilla.
Y aún así, sigue siendo mi estación preferida.
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