... del otro día, mientras disfrutábamos de la comida en el restaurante Alborada.
A veces puedo ser muy pejigueras. Lo admito.
Pero no sé, cuando se está rodeado de gente en un lugar público hay que guardar las formas. Más que nada por no molestar.
Al poco de sentarnos a la mesa y mientras el camarero tomaba nota de lo que íbamos a comer, una señora muy "recargada" entró sin esperar a que la llevaran a una mesa (todas menos dos estaban reservadas) y se dirigió rauda a una de ellas.
El camarero tuvo que dejarnos un momento y decirle a la señora que esperara un momento que la llevaba a una mesa libre. Y siguió tomándonos nota.
La señora, evidentemente, ni se inmutó y se sentó en una sin esperar.
Sombrero, boa de plumas, capa de maquillaje en cara, labios finos pintados de rojo chillón, pidió la carta y se dedicó a mirar la sala.
Mientras esperábamos nuestro primero, nos trajeron unas aceitunas.
La señora se levantó y se fue a las ventanas y se dispuso a cerrarlas todas (no se había quitado aún ni sombrero, ni boa ni abrigo)... y no, no hacía ni frío ni viento.
Al sentarse, el camarero nos trajo la panceta ibérica que comenté y al volverse, la señora lo reclamó y dijo, audible, que ella también quería "esa" tapa, señalando sin rubor nuestra mesa.
Yo no salía de mi asombro.
Nos trajeron la ensalada y el dueño, fue quien nos lo trajo, nos acercó un platito con el empedrado de bacalao (ensalada de garbanzos con bacalao desmigado, pimiento verde, tomate y huevo duro, todo muy picadito).
Evidentemente la señora reclamó que ella también quería esa tapa, volviendo a señalar. El dueño se ruborizó un poco y le dijo algo a un camarero, mientras atendía a otra de las mesas reservadas.
Cuando le trajeron las dos tapas tuvo a bien quitarse el sombrero, no así la boa de plumas, que mantuvo durante la hora y media sobre sus hombros.
Después de tomarse la tónica que pidió, las dos tapas y su único plato (ni idea de lo que comió, estaba disfrutando de mis pochas), se pidió un helado de mandarina (3 pedazos de bolas, que dijo, y eso sí lo escuché, que no quería solo dos).
Pagó, se puso el sombrero y se largó.
La verdad es que fue algo incómodo, aunque tampoco insufrible.
Yo más que enfado estaba muerto de vergüenza ajena, pero claro... es un problema mío.

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