Como suele ser habitual, inicio cosas y luego no las continúo.
Me ha vuelto a pasar con las entradas que iba a dedicar a los restaurantes malagueños de las rutas gastronómicas que han comenzado a hacer. Vamos, antes ninguno y ahora es una fiebre. Si no hay 4 o 5 al año de tapas, hay más.
Pero no solo de tapas vive el hombre (ni la mujer) y a raíz de una noticia que salió en una web gastronómica, nos enteramos de la XI Jornada gastronómica de las legumbres y los guisos de la abuela que han celebrado en el Restaurante Alborada de Arroyo de la Miel (Benalmádena).
No era la primera vez que lo veíamos (por fuera) y que quedaba con Wen de ir a visitarlo y probar su cocina, pero nunca habíamos entrado.
El sitio es limpio, amplio y luminoso. Nada ruidoso. Cuando entramos había una mesa llena y cuando íbamos por el postre no cabía un alfiler.
Nada más sentarnos (y de pedir la bebida... una Estrella Galicia para cada uno, el primer sitio que he visto que la tuvieran) un hombre muy amable nos preguntó si era la primera vez que íbamos y que dónde habíamos visto lo de las legumbres. Se deshizo en agradecimientos y acto seguido nos plantó dos tapitas: un empedrado de bacalao (plato que he comido infinidad de veces en Barcelona) y unas tiras de cerdo que se deshacían en la boca.
Nos contó que esas tiras de panceta de ibérico las hacía 12 horas a 40ºC en un horno y luego 40 minutos a 200ºC (creí entender que era así). Espectacular la tapa, en serio. Es decir, ni habíamos empezado a comer y yo ya estaba más que satisfecho.
De primero nos pedimos para compartir una ensalada de jamón de pato con parmesano (diría que el vinagre era de manzana, porque el sabor así lo sugería, pero no lo puedo asegurar) que nos preparó el apetito para los dos guisos que pedimos más tarde.
Yo me pedí unas pochas con boletus y taquitos de panceta confitados al aroma de hierbas y Wen se pidió servinas con liebre (creo que esa era la variedad, una haba ni blanca ni marrón, si no de un color intermedio). Con los platos nos pusieron una bandejita con tiras de cebolla roja picante y dos guindillas enormes. Hmmmmmmmm... riiiiicooooooo.
Sublimes las pochas, en serio. Se notaba que la cocción había sido lenta, con mesura. Las que iban con liebre me supieron fuertes, porque es así la carne de este animal. A Wen le encantó evidentemente, pero si me las hubiese pedido yo no habría podido con todo.
De postre nos pedimos crema andaluza tostada que fue ya el summun. Una compota de manzana fría con pasas y reducción de Pedro Ximénez con azúcar moreno tostado por encima. ¡Qué rico!
Un café con hielo para acabar, como siempre, y una factura económica para haber pedido 4 bebidas, postre y café: 20,50 € por cabeza.
Por cierto, a media comida el hombre, que resultó ser Juan el dueño del restaurante, se acercó preocupado preguntando si nos estaba gustando. Vamos, gustando era poco y así se lo dijimos (supongo que vería alguna mueca mía que nada tenía que ver ni con el servicio, que fue rápido y atento, ni con la comida).
Aquí es donde hubo anécdota que contaré en otro post dentro de unos días, que no es cuestión de hacer una entrada kilométrica.
Un recorte de prensa sobre Alborada.


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