Para mi son muchas cosas.
Para empezar es un postre típico de las tierras de mi padre, y por ende el de mis abuelos paternos, hecho a base de harina, leche, azúcar y canela.
Digamos que se parece a las gachas que mi parte de familia materna es muy dada a hacer, pero sin picatostes ni agua de matalauva y sin la harina frita que la caracteriza.
Después son recuerdos, porque era el postre que todas las Navidades que estábamos con mi abuelita nos hacía. Es cerrar los ojos, inspirar y oler el aroma característico de la leche y la canela, y verla a ella, pequeñita y encorvada moviendo la cuchara de palo con energía en la cacerola. Recuerdo que después de usar el cazo me pasaba por la cocina a rebañar con los dedos lo que se había quedado adherido a los bordes.
Y ahora es algo que me gusta comer en estas fechas y enseñar a la gente que no sabe qué son. Esta nochebuena cenó con nosotros una señora muy mayor (la cuida la madre de Wendeling) y estuvimos un rato hablando sobre el tema porque ella sí conocía las gachas pero no las puchas. Le gustó.
Si quereis aprender a hacerlas, aquí teneis la receta.
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