Supermecado cualquiera, no importa la marca. A estas horas vacío o casi, indolencia y caras aburridas en todas las dependientes, tanto carnicería como frutería como pesacadería. Hoy quiero pescado. Me acerco. Nadie. Vaya. Miro precios. ¡Qué horror! ¡Qué espanto! ¿A que va a ser verdad que lo de la huelga de pescadores ha hecho que haya menos pescado? Oteo el horizonte, no hay dependienta a la vista. Acerco la nariz para "oler" si es fresco o no. Más o menos. Miro el más barato. Mairas, 2,85 euros el kilo. Pues creo que será eso...
- Buenas, ¿qué desea?
- Ponme 5 o 6 mairas (Qué susto, ¿de dónde ha salido?)
- Ahora mismo.
Tenso silencio mientras sale y comienza escogerlas.
- No son muy grandes.
- Pues no.
Comienza a arreglar el pescado
- Estoy harta de la música.
- ¿Hum? ¿Perdón? (¿es a mí?)
- La música, todo el rato la misma, estoy muy harta de la música. Tengo aborrecida a esa cantante, lleva sonando todo el día. Tenemos cinco canales, pero siempre que ponen música sale ese tipo de música, y claro, no van a poner el chumba chumba.
- Ah - cara de circunstancias. (¿Te conozco? Con esa cara y esas gafas de Rompetechos... no me suenas. ¡Pero si hasta tienes bigote! Oches, pero si hasta hablas "raro")
- Y es que además no soporto ultimamente la música, a ninguna hora. Cuando llego a casa mi marido apaga la música porque ya le he echado bronca varias veces. Le digo: ¡corcho! Apaga eso que vengo de trabajar y allí todo el día con la música.
- Claro. Es normal. (¿Está casada? Increible. Pobre marido, aunque a saber; seguro que ha hecho algo y ella es su penitencia)
- El otro día quedó con un amigo y en cuanto me vió a lo lejos le dijo al amigo que la apagase porque sabe que no la soporto.
(¿Y yo que digo ahora?) Sonrío un poco y, tonto de mí, digo:
- Yo en mi trabajo no me dejan escuchar música. (¡no!¡no!¡bocazas!¡no hables, asiente!¡pero si no ha arreglado ni medio pescado!¡y eso que son pequeños!)
- ¡Qué suerte! Lo que daría yo por no escuchar eso a todas horas. Y si encima en lugar de poner el hilo musical ponen uno de esos CDs que regalan en el Palau de la Música y ni te cuento. Por cierto, ¿cómo te las arreglo?
- Quítale sólo la cabeza... es que ya las termino de arreglar en casa. (Lo arreglarías mejor si te callases, ¿no ves la cara de asco que tengo? Vaya, no lo estoy haciendo bien. A ver... ceja levantada, rictus torcido, medio sonrisa más falsa que Judas. ¿No se dá cuenta que me aburre? Por dios, ¡empatía cero!)
- Vale. Escucha, escucha... otra vez ella.
- Ajá. (¡Pero si no se escucha casi! Por favor, me ha tocado una enferma. ¡Socorro! Y nadie cerca, nadie que quiera más pescado. ¡Socorro!)
- Es que a mi marido le gusta mucho la música. Tiene mucha en casa. Pero de la orginal, ¿eh? Comprada. CDs, vamos.
- Bien. (¡Y a mí que me importa! ¡Como si quereis ser los proveedores del topmanta de toda Barcelona!)
- Pues otro de sus amigos, que trabaja de informático tampoco le dejan poner música. Va siempre con un portatil por ahí. Y lo llaman. Y si esta durmiendo lo despiertan y coge el portátil y se pone a teclear. Qué mal, ¿no?
- Es un trabajo como cualquier otro. (¡Pero si no me importa tu vida! ¿debería importarme la de un amigo de tu marido? Por favor, ¡que alguien haga algo!). Perdona, ¿qué les haces a las mairas?
- Quitarle las espinas, ¿no es lo que me has dicho? (¡Dios! Sorda, tonta y habla por los codos. Su marido se tuvo que portar faltal en la otra vida!)
- No, pero bueno. Envuélvemelo todo que me engo que ir.
- Aquí tienes... y claro, es lo que yo digo...
(mumble, mumble.. ruido de fondo... se ha quedado hablando sola)
Qué horror. Y no por el precio del pescado precisamente.
Qué espanto por favor. Seis largos y eternos minutos. ¡SEIS!
¡Pero si sólo quería CINCO mairas!
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