jueves, noviembre 04, 2004

A Pesar de las Cucas

A raíz de un post de SegFault en su blog, me ha venido a la mente una experiencia horripilante con estos bichejos negros y asquerosillos.

Hace 4 años, gracias a nuestro amor por los gatos (yo y mi ex), estuvimos apuntados a diversos foros y listas de correos sobre estos seres adorables. En uno de ellos vimos una llamada algo desesperada de una persona mayor que tenía a su cargo más de 100 gatitos.

Esta persona era Salvador Reich, persona que más tarde supimos fué abogado de renombre, empresario de industrias diversas y que ahora, jubilado, se dedicaba en una fábrica que tenía en la zona del Forum de Barcelona a cuidar de sus gatitos.

El lugar era un nido de suciedad pero los gatos estaban bien: cinco edicifios (uno su vivienda, otra casa abandonada, un almacén de productos químicos, una edificio de 3 plantas que fueron oficinas cerrado y otro que era el centro de operaciones pro-gatunos) y un montón de espacio para correr.

El hombre se veía que no estaba bien... el típico abuelo que deja de cuidarse para dedicar su esfuerzo a cualquier causa que se le pase por la cabeza (aunque tengo que reconocer que sus esfuerzos pro-gatos y anti-taurinos era más que loables), sin familia aparente.

Allí nos presentamos la primera vez dispuestos a ayudar: limpiar y poner algo de orden en los almacenes... cosa a la que se negó. En realidad el problema de Salvador era que no podía manejar bien las manos y necesitaba ayuda para acarrear y abrir latas de comida, paquetes de leche y sacos de pienso. Y aceptamos su petición aunque a escondidas de él (mientras distribuía la comida en un circuito de 6 bases gatunas) limpiábamos lo que podíamos.

Hasta que un día, al mover unas cajas noté algo en mis manos... como un cosquilleo. Del susto solté la caja de latas de comida y pegué un gritito; que le vamos a hacer, tal era la suciedad del lugar que me imaginaba cualquier cosa. Lo que no me esperaba era lo que ví: un nido de cucarachas, más pequeñas de lo normal, todas amontonadas, como un enjambre, con un ruido de crick crack, moviéndose como algo palpitante y la humedad.... aghhh... sólo de recordarlo se me ponen los pelos de punta.

Ni corto ni perezoso me dispuse a acabar con semejante plaga, pero antes llegó Salvador y me lo prohibió al grito de: "Déjalas, pobrecitas, que también son hijas de Dios".

No le dije que no... pero no volví a tocar caja alguna.
Seguimos ayudándole hasta que un día, el hombre nos dijo que dejásemos de limpiarlo todo, que si hacíamos eso los pobres gatitos no tendrían con qué jugar.

Una semana después, adoptamos a mi Sejmet (que se murió en mayo de este año) y con esa escusa (la de que por estar allí todos los sábados pudiera coger cualquier enfermedad mi nueva gatita) dejamos de ir.

Cada cierto tiempo me pregunto qué habrá sido de Salvador y sus gatos. Siempre me digo que tendría que pasarme por allí... pero tengo miedo de ver el lugar ocupado por un bloque de pisos o con que el solar ha sido abducido por otro equipaiento cualquiera. O peor... sin Salvador ni puerta a la que picar.

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