... te pueden salvar el día.
Te despiertas, bostezas, enfundas los pies en las zapatillas de invierno.
Vuelves a bostezar camino del lavabo y lo prepraras todo para meterte en la ducha.
Te despelotas (sí, que pasa... duermo con pijama), te quitas la goma del pelo y te colocas bajo el agua caliente, 40 grados, y disfrutas 15 minutos, calentito.
Sales, te secas, te comienzas a vestir y dejas el pelo suelto para que se vaya secando (no me gusta usar secador, excepto si hace mucho frío).
Desayunas, ves las noticias de TV3, te ríes de algunas de ellas, te sorprendes de otras. Miras el reloj y te preparas para salir.
Vuelta al baño, te acicalas y ... y ... y cuando quieres cogerte la coleta con la goma de pelo que había dejado ahi, encima de la pica, no la encuentras. Pero bueno, recuerdas que tienes un paquetito en el cajón, justo ahí abajo... que no encuentras tampoco.
Así que comienzas a buscarla por todo el piso (45 m2 no dan para mucho buscar). Y no la encuentras. Nada de nada. Y miras de repente a la cama, y ves a una gata enfrascada en algún quehacer que le está reportando gustito, por los ruiditos y maullidos que hace. Te acercas y ¡voilà! ¡Ahí está tu goma de pelo! Rota, destrozada, mordisqueada hasta ser casi irreconocible. Jodida gata vasca (con cariño, eh?).
Y tú que tienes que salir de casa, con todo el pelo encrespado por estar recién lavado, sin nada para anudarlo. Y cuando ya no sabes qué hacer, y llegas 15 minutos tarde cuando menos al trabajo, ves una goma de pollo que está asegurando un mazo de cartas.
Bendita goma de pollo.
Me ha salvado el día hasta llegar al trabajo y poder comprar en una tienda de chinos (sí, otra vez ellos) un paquete de gomas de pelo negras.
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