Y palpó la oscuridad que lo rodeaba y no encontró nada.
Y supo que era tarde, que el momento de recuperar lo que perdió había pasado. Que la desesperación se la había llevado y lo había dejado allí, postrado, desnudo, solo.
Pero no lograba recordar lo que había perdido. Y la desesperación se hizo más profunda.
Y gritó y lloró y arañó y mordió y apretó los dientes entre su lengua, hasta hacerse sangre, hasta sentir un ramalazo de dolor tan atroz que cayó inconsciente.
Y volvió a abrir los ojos, sentándose en sus fluidos, que habían corrido un tiempo indeterminado.
Y se restregó los ojos y al tocar las lágrimas, se le iluminó una parte de su memoria.
Y en un último destello antes de terminar de caer, supo lo que había perdido.
La cordura.
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