... pero lo reitero ahora: en Málaga se come mal.
No mal porque no esté rico lo que ofrecen en restaurantes o porque sea caro (que lo suele ser). Se come mal porque no se puede salir de tres cosas: pescaíto, cerdo (en cualquiera de su partes y formas de prepararlo) y patatas (asadas o fritas). Desde que llegué he tenido que batallar un poco con mis chicas para que no tomasen tanta patata y cerdo para cenar; aparte de con la pequeña, que sino no cena, creo que lo he conseguido.
El otro día nos acercamos al mercado principal de Málaga, las antiguas atarazanas moriscas (realmente solo queda la puerta de entrada) que terminaron de reformar hace unos pocos meses (despúes de no sé cuántos en obras), con la ilusión (al menos mía) de encontrar buey, níscalos o cualquier otra cosa para romper un poco la monotonía de la cocina.
Iluso de mí, porque a pesar de tener muchos puestos solo dos de ellos ofrecían buey (uno a un precio económico, otro sin precio) y solo una verdulería tenía setas (en realidad champiñones y gírgolas). Decepción grande, la verdad. La zona de pescados tenía cuatro mal contados (boquerones, pez espada, salmonetes, merluza... poco más) y algo más de marisco, pero nada que no se pueda encontrar en las pescaderías de barrio.
Yo que esperaba algo de caza, jabalí, liebre... no sé, algo que cuadrase con el número de licencias de caza que tiene Málaga (la friolera de más de 35.000, con más de 400 cotos, datos de 2009), pero nada. Mi gozo en un pozo y mi receta de Jabalí a la cerveza tendrá que esperar mejores tiempos.
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